Historias de nuestros héroes

Tiempo de lectura: 1 min

 

Nuestros héroes anónimos de la Guardia Civil

 

 

 

Positivo

Esas cuatro sílabas se le clavaron en el alma como la fría hoja de un puñal.

No por más esperadas eran menos desgarradoras, como lo estaba siendo asimilar la muerte de su compañero por el virus aquella misma semana. Estaban cayendo muchos, demasiados. Quizá si sea cierto que la muerte no es el final, repetía para sus adentros a modo de consuelo.

 

La mirada de la doctora aún debajo de las gafas transmitía pesadumbre y empatía. “Y no estáis considerados personal de alto riesgo…” se le escuchó mascullar indignada bajo la mascarilla.

 

Pero era otra la mirada que él aún no había podido olvidar, aquellos ojos asustados transmitían la dulzura y la inocencia del que todo lo ha vivido pero solo le quedan ya recuerdos borrosos. La candidez de una niña envuelta en un cuerpo casi centenario.

 

Llovía tan intensamente que parecía que se iba a caer el cielo.

“Para el coche un momento”, le dijo a su compañero.

Allí junto a los arbustos una figura un tanto encorvada y calada hasta los huesos caminaba desorientada.

“Mi hijo no ha vuelto a casa”, articuló la mujer temblorosa.

 

Las manos frías y frágiles de la anciana se agarraron con fuerza a las del guardia sabiéndose a salvo como el que encuentra una rama mientras es arrastrado por la corriente.

 

Sus dedos finos y trémulos introdujeron la llave en la cerradura, la puerta de madera desconchada era pesada y se abría con dificultad. En el interior de la vivienda, y movida por el suave viento que silbaba a través de una ventana rota, una mecedora de madera y mimbre parecía tener vida propia, era sin duda el mueble más acogedor de la tenuemente iluminada estancia. No muy lejos esparcidas sobre el mantel de ganchillo, como cartas de una baraja tras una timba de póker, unas fotografías en blanco y negro parecían custodiar una caja de latón, que en su interior guardaba como un tesoro un solitario retrato en sepia de momentos sin duda más felices. Como protagonistas de aquella instantánea, un niño vestido de marinero con un rosario entre las manos y junto a él una elegante mujer de intensos ojos dulces, aquella mirada era inconfundible.

Después de las averiguaciones pertinentes todas las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar. Ella estaba en lo cierto, su hijo estaba en la UCI y hacía varios días que por allí no pasaba nadie. El interior de la desolada despensa estaba tan solo habitado por una imagen amarillenta de Santa Rita, parte de un viejo calendario del que colgaban aún trozos de algunos meses despedazados por el tiempo; y un puñado de garbanzos en un bote de cristal que no alimentarían ni al más pequeño de los estómagos. Ambos guardias cruzaron sus miradas y parecieron leerse el pensamiento, la sangre en la frente de la patrona de las causas imposibles parecía ahora más fresca que nunca.

 

En menos tiempo de lo que tardarían en cocerse aquellas legumbres un suave golpe de nudillos hizo sonar la madera del portón, la pareja de benefactores estaba de nuevo en casa de la anciana. Tras llenarle la alacena de víveres, el hogar de calor humano y el alma de gratitud, subieron al coche. Rodeados de surcos como los anillos de un árbol centenario los ojos de la mujer brillaban con la misma fuerza que los de aquella fotografía en sepia.

 

Te imaginas que…” comenzó a decir su compañero, mientras miraba de reojo la única mascarilla que llevaban en el coche, con la incertidumbre de saberse luchando contra un enemigo invisible a pecho descubierto. Un fuerte estruendo cómo si de granizo se tratara no le permitió acabar la frase, tampoco era consciente en aquel momento de que quedaría eternamente inconclusa. Había parado de llover, pero al bajar las ventanillas ambos comprobaron que aquel sonido, no provenía de ninguna tormenta, era el aplauso sentido y sincero que salía del corazón y de todas las ventanas y balcones que escoltaban la carretera, la presencia del coche verde y blanco no había pasado desapercibida y su abnegada entrega en los peores momentos, tampoco.

 

Era el mismo sonido que se escuchaba ahora en la calle acompañado esta vez por las intensas luces azules de las sirenas en homenaje a su compañero, era el adiós dolorido por un hermano perdido.

 

 

 

 

 

Historias de nuestros héroes – Guardia Civil | Abril 2020  | Las sandalias de Ulises

 

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Comments ( 2 )

  • Jaime

    Solo desde un corazón limpio se puede transmitir la sensibilidad, dulzura, solidaridad y delicadeza que ofrece este relato.
    Impresiona ver que se pueda reconocer tanto esfuerzo, dedicación y entrega con tan solo un puñado de palabras.
    Que forma más emotiva de agradecer la labor callada y constante de los hombres y mujeres que forman la Guardia Civil.
    Magnifica pluma, brillante corazón.

    • Las sandalias de Ulises

      Muchas gracias por tus palabras.
      No hay acto más heroico que anteponer el bienestar de los demás al propio, incluyendo la salud y la propia vida, sin focos.
      Y no lo valoramos lo suficiente.

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