Templo Naritasan Shinshoji

Experiencia mística en Narita

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Llegué a la estación de Narita pasadas las 6 de la tarde, ya era de noche cerrada y para variar llovía bastante. No había parado de llover en toda la semana y estaba previsto que continuara este clima aquí también, me estaba empezando a acostumbrar.

 

 

 

Narita es una ciudad que pasa bastante desapercibida para los viajeros con poco tiempo. Eclipsada básicamente por el grandísimo aeropuerto Tokyo Narita, por el que circulan millones de pasajeros cada día.
Mi idea era llegar a Narita por la mañana para poder ver los templos con tranquilidad, no sin antes hacer unas últimas compras “rápidas”, que finalmente no lo fueron tanto, en Tokyo station… un verdadero agujero negro del que me costó bastante salir.

El Narita Express me dejó más alejada de mi hotel de lo que lo hubiera hecho el tren de Chiba. Como muchas otras poblaciones japonesas, Narita tiene 2 estaciones de tren distintas, no conectadas, aunque muy próximas entre sí andando.

Llovía a mares, yo iba caminando bajo la lluvia con chubasquero y sin paraguas, estampa esta, por desgracia, muy común en mi viaje a Japón. Por fortuna, antes de empaparme del todo, otra imagen típica de este viaje, llegué al hotel. Este era el APA Narita, una torre gigante, (bueno, bonito y barato) con tren directo al aeropuerto y transfer gratuito. Aunque aún podía gastar el JRPass de 21 días, opté por el transfer del hotel al aeropuerto Tokio Narita, de puerta a puerta para la mañana siguiente, que salía mi vuelo de KLM con destino a Europa.

Llegué a la habitación, pequeña, pero suficiente para mí y mi maleta tamaño cabina y con cama de 1’30, más que de sobra. Me invadió el cansancio y la tentación de tumbarme en la cama y no levantarme hasta la mañana siguiente, el día había sido mucho más agotador de lo previsto. Otro gran estímulo era el onsen, ir directamente a disfrutar del baño y relajarme. Los baños japoneses estaban siendo uno de los placeres de este viaje.
Pero aunque sabía que los templos cerraban a las 4 de la tarde, no quería quedarme con la sensación de pérdida, y de no haber al menos paseado por los alrededores. Aunque la noche no invitaba demasiado a salir, me decidí a hacerlo.

 

 

Bajé a recepción y pedí un paraguas, en Japón es muy común que te presten paraguas sin pedir ninguna contraprestación, ni tampoco ningún dato, culturalmente les cuesta tolerar que alguien pueda estar mojándose un día de lluvia.
Y aunque mis zapatillas empezaban ya a estar mojadas por dentro, decidí coger el mapa y poner rumbo al templo Templo Naritasan Shinshoji.

La calle que llevaba a los templos tenía mucho encanto, casitas de madera, pequeñas tiendas y restaurantes, todo cerrado a esas horas, claro, salvo un par de ellos. La calle estaba muy poco iluminada y el espacio para los peatones era muy estrecho. Los coches bajaban bastante rápido, y aunque yo hacía lo posible por apartarme al máximo, más para evitar que me atropellaran que que me mojaran, caminar se hacía complicado.

 

 

Cuando ya había andado un rato y pensaba que me había equivocado de camino, vi a lo lejos unos majestuosos tejados, ¡el templo!
Me acerqué y vi una primera valla cerrada, intenté aproximarme y hacer alguna foto, pero aquello estaba muy oscuro, “una lastima!” pensé”. Seguí acercándome y vi que un poco más adelante había un pórtico precioso y sin rastro de verjas.
Cerré el paraguas y a cubierto bajo el pórtico contemplé la preciosa entrada justo después de las escaleras, todo estaba en silencio y muy tenuemente iluminado.

 

Templo Naritasan Shinshoji
Entrada al recinto del Templo Naritasan Shinshoji

 

Subí con mucho cuidado para no resbalar porque seguía lloviendo intensamente, “si me caigo aquí sin un alma, ¡no me encuentra nadie!”, pensé.

La preciosa entrada era solo el preludio, tras ella, un puente sobre un pequeño lago y más escaleras, mucho más altas y empinadas, que parecían conducir a algún lugar que no se divisaba desde ese prisma y desde las cuales caía el agua de lluvia cual cascada.

 

Experiencia mística en Narita
Templo Naritasan Shinshoji en la más absoluta oscuridad

 

 

Seguía sin ver una valla, ni un “prohibido el paso” con lo que seguí avanzando, crucé el pequeño puente, la iluminación seguía sin aumentar y subí por las escaleras, muy despacio, ya que eran altas y empinadas.

Ya arriba, se abrió ante mí y solo para mí, una gran explanada presidida por el Templo Naritasan Shinshoji, el templo budista Shingon construido en el siglo X y una preciosa pagoda junto a él.
Me puse a cubierto como pude bajo el techo de la entrada dejando el paraguas a un lado. Quería disfrutar de mi momento de intimidad con el templo Naritasan Shinshoji.

 

Pagoda en la oscuridad

 

Seguía lloviendo y tanto el templo como la pagoda estaban muy poco iluminados, pero el ojo humano se adapta muy rápido a la oscuridad y fui percibiendo cada vez mejor la espectacularidad de la escena.
Sin los colores de la luz del día, pero en la intimidad de la noche, en la soledad y bajo la lluvia, esto era un regalo de despedida, solo para mí, en silencio, con el único sonido de las gotas de lluvia cayendo y el olor a incienso que lo cubría todo, sin duda un broche místico. El Templo Naritasan Shinshoji y yo, yo y el tempo Naritasan Shinshoji en la más absoluta paz.

 

Templo Naritasan Shinshoji

 

 

De repente algo interrumpió mi trance, sin hacer apenas ruido, una luz apareció en la oscuridad tras la pagoda. Una linterna me estaba enfocando suavemente, era el vigilante, no me prestó demasiada atención y siguió mirando que no hubiera nadie más.
La luz desapareció de mi campo de visión y el vigilante siguió su ronda cual ninja silencioso.

 

Me despedí de aquella postal íntima y nocturna bajo la lluvía y bajé las empinadas escaleras.

 

Volví al hotel en una nube, feliz y con un intenso brillo en los ojos.
Sushi para cenar, un último baño en el onsen y a dormir, me esperaban 12 horas de vuelo a casa.

Y así acababa mi viaje de tres semanas en Japón, con una experiencia mística en Narita.

 

Templo Naritasan Shinshoji

 

 

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Experiencia mística en Narita | Enero 2019  | Las sandalias de Ulises

 

 

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