Heridas de Mostar, la guerra de Bosnia y sus cicatrices
No pude contener las lágrimas mientras Arnela relataba como de un lado y de otro de las montañas que rodeaban la ciudad, de uno y otro bando, croatas y serbios, como en una ratonera, disparaban a los bosniacos uno a uno, matando a hombres, mujeres y niños, destruyendo a cañonazos edificios, puentes y todo cuanto quedara bajo sus miras, convirtiendo Mostar en un auténtico infierno.
Hoy te hablamos de...
Sitio de Mostar
La ciudad era un lugar en el que una muerte segura parecía la única salida, o con suerte, si es que se puede llamar así, la deportación a uno de los tantos campos de concentración serbios o croatas cercanos.
En los parques en los que antaño se escuchaban las risas de los niños serbios, croatas y bosniacos mientras jugaban juntos, reinaba en los años 90, el estruendo del fuego y la metralla que dejaban tras de sí el más terrible de los silencios, el de la muerte.

Los parques y plazas se habían convertido en cementerios improvisados, en grandes fosas comunes en las que yacían desperdigados cuerpos ensangrentados. Pilas de restos mortales que había que enterrar al caer la noche, cuando era algo más difícil ser vistos por el fuego enemigo, y parecía más sencillo esquivar a la muerte, para más allá de dar una sepultura lo más digna posible, dado el inicio del intenso verano de Mostar, también evitar epidemias.

“Lo siento tanto”, mientras la abrazaba me rompí. “Siento tanto que a nadie le importaran vuestros gritos de auxilio”.
¡Como había podido suceder aquella masacre en el siglo XX en pleno corazón de Europa y en una guerra que estaba siendo televisada!

La historia se repite
Por desgracia solo había que volver a encender la televisión para comprobar que la historia siempre se repite, con distintos personajes, en diferentes escenarios pero con las mismas consecuencias. Cientos de miles de muertos, otros tantos miles de desplazados, limpiezas étnicas y millones de vidas rotas para siempre por ansias territoriales de unos, estrategias políticas de otros y silencios cómplices de muchos.
No habíamos aprendido nada.
Habían pasado más de treinta años, pero la sensación de injusticia de sentirse abandonados por el mundo parecía aún difícil de digerir y tantas vidas arrancadas, imposible de olvidar.

Mientras a los ojos impasibles del mundo, los gobernantes de sus dos países vecinos se repartían mediante un pacto escrito con sangre bosniaca, su territorio, sus casas y sus vidas, el mundo seguía girando sin piedad a toda velocidad.
Mostar me estaba llegando al alma mucho más de lo que hubiera podido imaginar. Encantadora y acogedora, sobrellevaba sus cicatrices con la dignidad de la que sabe que ha sobrevivido al más terrible de los infiernos y lo mismo pasaba con sus habitantes.

Supervivientes de la Guerra de Bosnia
Alto, delgado, de cabello rubio y ojos claros, Esmer tenía poco más de 3 años cuando empezó la guerra y él, su hermana de 5 años y su madre embarazada de unos pocos meses fueron llevados a la fuerza a un campo de concentración a las afueras de Mostar.
Primero hacinados junto a otros miles de bosnios en una nave en la que por las altas temperaturas apenas podían respirar y más tarde desplazados a campos de concentración construidos expresamente para los bosniacos.
Sin apenas nada que comer, un pedazo de pan a repartir entre muchos, tras años de malvivir, finalmente sobrevivieron para contarlo.
A su padre, en el frente, no volverían a verlo hasta unos años después.

Sus tíos no tendrían tanta suerte, él murió tiroteado en la infame avenida que separaba un bando del otro con fuego enemigo en ambas partes y que como en un sádico juego hacían elegir a los bosniacos hacia que lado de la muerte correr.
Él cayó fulminado tras ser alcanzado por un disparo mortal, ella herida se hizo la muerta hasta bien entrada la noche. Sobrevivió, pero jamás se recuperaría del shock postraumático por lo vivido, como muchos otros bosnios.

La de Esmer y su familia era una de las tantas historias que había detrás de cada bosnio, de una forma u otra, y dada la poca población del país, ninguno escapó a los estragos de la barbarie.
La permanente sonrisa en el rostro de Esmer, el brillo de sus ojos, su cercanía y amabilidad eran reflejo de la nueva Mostar, una ventana a la esperanza. Esa ciudad amable, alegre y viva, renacida de sus escombros y que con sus cicatrices aún visibles en algunos de sus edificios, vivía el presente con optimismo y miraba al futuro con esperanza.
“Nosotros no somos responsables de lo que sucedió, pero si somos de lo que enseñemos a nuestros hijos”
Esmer transmitía una profunda paz interna.

El Puente de Mostar
Construir puentes, esa era la seña de identidad de Mostar.
No en vano el viejo puente de Mostar había sido siempre el símbolo de la ciudad y por el mismo motivo, también objetivo clave del fuego enemigo.

Ese puente que conectaba culturas y religiones, y unía a familiares y amigos, tan simbólico que los bosniacos habían intentado defenderlo de los ataques de todas las formas posibles, aunque finalmente fracasaran en el intento, rápidamente un puente de madera volvería a conectar ambas partes hasta que gracias a la UNESCO tanto el puente como la vieja Mostar, fueron totalmente reconstruidos en su estado original.
Hoy el simbólico antiguo puente de Mostar es más icónico que nunca. Es la imagen de que no hay futuro sin unión y que no hay otro camino posible para una paz firme duradera que tender puentes sólidos y fuertes.

En el mismo borde del punto más alto del puente viejo, el saltador que apenas superaba los veinte años tenía todo su cuerpo fuera de la barandilla, un escalofrío de vértigo recorrió mi espalda. Aquel salto solo era apto para clavadistas experimentados, el helado río Neretva escondía en sus profundidades corrientes y profundas cuevas subterráneas traicioneras.

Mostar, la joya de Bosnia Herzegovina
Mostar como toda Bosnia Herzegovina era tan bella como compleja.
Mostar me había hecho sonreír, y al mismo tiempo había llenado mis ojos de lágrimas, porque viajar, como la vida misma, es maravilloso, pero también puede doler en lo más profundo del alma.
Con sus sonrisas y sus cicatrices, sus luces y sus sombras, me había conquistado como jamás imaginé, estaba irremediablemente enamorada de Mostar.

Heridas de Mostar, la guerra de Bosnia y sus cicatrices| Julio 2025 | Las sandalias de Ulises
Soy Clara, una viajera emocional e intimista.
Cada viaje es un descubrimiento de una parte de mi, conocer otros lugares y culturas ha sido también una forma de conocerme mejor y crecer como persona. ... y cuando vuelves, ves que todo está igual pero tú ya no eres la misma.
También soy comunicadora de viajes en podcast, radio, televisión, charlas, eventos, y he colaborado en diversos proyectos turísticos.
La vida es el auténtico viaje y lo importante es disfrutar de cada etapa del camino, es por ello por lo que Las sandalias de Ulises es un blog de viajes camino a Ítaca.

