Los puentes que unen Bosnia Herzegovina en su diversidad
Hoy me acordé de él, de cuando nos cruzamos por el Partenón en Atenas y me pidió si podía hacerle una foto. Tras el correspondiente intercambio de fotografías, ya que ambos viajábamos solos, nos hicimos una juntos y aunque era tímido, estuvimos hablando largo y tendido por entre las ruinas milenarias.
Él era serbobosnio, serbio de Bosnia, de Bania Luka y estaba estudiando medicina.
“¿Qué libro me recomendarías para entender bien los Balcanes?”, le pregunté.
“Tienes que leer Un Puente sobre el Drina de Ivo Andric”, dijo sin dudar ni un ápice.

Hoy te hablamos de...
Uno, o varios puentes sobre el Drina
Y he de confesarle, a él y también a ti, que unos meses después de aquella conversación, lo compré, pero leerlo, después de tantos años, me avergüenza decir que aún no lo había hecho.
Como una de esas asignaturas pendientes, su blanquecino lomo aparecía ahora mucho más visible en mi estantería, destacando sobre los demás.
Parecía estar queriendo decirme que había llegado su momento y por ende, también el de seguir adentrándome en profundidad en las regiones y países de los Balcanes que aún tenía pendientes.

Kosovo y Macedonia habían sido mis últimas incursiones en la región de los Balcanes, pero allí aún había dos lugares que hacía tiempo que me moría por conocer, y eran Montenegro y Bosnia Herzegovina.
La decisión estaba tomada, pero ahí aún no era consciente de cuánto y de qué forma, me iba a tocar el corazón Bosnia Herzegovina. Tan profundo fue el flechazo, que volvería muy poco tiempo después, convirtiéndose además en uno de mis países favoritos.

Dejando atrás las columnas de la Acrópolis, nos agregamos a Facebook y nos despedimos. ¿Para siempre?
Como me había sucedido con tantas otras personas con las que me había cruzado por todo el mundo durante mis viajes.
Todas esas personas, como él, con las que muy probablemente no volvería a coincidir jamás, o quizá sí, por azar de la forma menos esperada.
Las sincronicidades
Así lo fue aquel reencuentro inesperado a miles de kilómetros de nuestras casas, en un punto equidistante entre ambas, en las empedradas calles de San Marino.
“Clara!!!”
“¿Jarek?!”
No pudimos más que fundirnos en un fuerte abrazo.

A él le debía un viaje que me abrió un mundo nuevo, Crimea. Allí, en la hoy disputada península ucraniana, escuché por primera vez la llamada a la oración desde el minarete de una mezquita.
Se me erizó la piel por completo, cosa que me sigue sucediendo a día de hoy cada vez que la escucho.
Sentada en la colina frente a la mezquita de Bajchisarai, la voz del muecín se expandía entre las paredes de piedra de aquel mirador natural.

“¡Justo anoche estuvimos hablando de ti!”
Me dijo Jarek.
Yo, como Karl Jung no creía en las casualidades.
Tras mi primer viaje a Bosnia Herzegovina y tantos años después de aquel viaje a Grecia que casi había olvidado su nombre, le escribí.
“Clara, a la próxima tienes que venir a Bania Luka” me contestó casi de inmediato.
Esa visita había quedado pendiente, quizá a la tercera me adentraría en más profundidad en la República Srpka.

Un café en Travnik, caballos y peregrinos musulmanes
Aparcó la furgoneta junto a la caída de agua que refrescaba la entrada del legendario café de Travnik, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO donde Ivo Andric escribió parte de su libro Crónicas de Travnik.
Escogió una de las grandes mesas redondas y pidió café bosnio. Él era bosniaco, Bosnio musulmán de Sarajevo y ese día iba a hacer de maestro de ceremonias del ritual del café.

Cómo Bosnia Herzegovina, su café había que saborearlo despacio, sin prisas y a pequeños sorbos, para descubrir todos sus matices, que eran muchos y muy distintos.
El Ajvatovica
Después de un día por Jajce y Travnik, de vuelta a Sarajevo, un tráfico inusual colapsaba la carretera, los coches estaban parados y la policía no permitía el paso.
“Es que hoy se celebra el Ajvatovica, y los caballos estarán apunto pasar ¿bajamos?”
La respuesta fue un sí rotundo a coro.

Una vez al año, y era justamente ese preciso día, tenia lugar en Prusac el evento tradicional, religioso y cultural islámico más grande de Europa, y ese era precisamente el Ajvatovica.
Venidos de todos los rincones de Bosnia Herzegovina, de los Balcanes y de Turquía, miles de peregrinos musulmanes participaban en rituales religiosos, rezos, actividades culturales y procesiones a caballo, en representación de los tiempos en los que para llegar a ella se cruzaba a pie y a caballo las montañas.

Su origen se remontaba al siglo XV y está vinculada a Ajvaz-dedo (Abuelo Ajvaz) un derviche sufí musulmán que llegó a Bosnia con el sultán otomano Fatih II en el siglo XV y que, según la leyenda, rezó durante 40 días para que el pueblo tuviera agua. Dios respondió a su súplica y partió una roca gigante, liberando un manantial.
Este colorido desfile de caballos era el preludio de la ceremonia central que tenía lugar junto a la mítica roca partida y el manantial, considerados lugares sagrados.
Todo un espectáculo del que, como un regalo inesperado, estaba siendo testigo.

Un presente como también lo sería mi segundo viaje a Bosnia Herzegovina apenas tres meses después.
Viaje este en el que me volvería a cruzar con él, maestro de ceremonias de aquel café en Travnik y su mujer, nacida en Srebrenica, esta vez en una gasolinera, precisamente de vuelta de la misma Srebrenica, donde tuvo lugar la mayor matanza en suelo europeo desde la II Guerra Mundial.

Los otros puentes del río Neretva
“No me gusta mucho hablar de la guerra, prefiero siempre mirar hacia el futuro.”
Sus ojos verdes se tornaban más profundos cuando salía el tema de la guerra. Él era bosnio católico, bosniocroata de Mostar y proyectaba sus pensamientos positivos siempre hacia adelante.
“Todos perdimos una parte de nuestra vida, los universitarios perdieron sus mejores años, los niños perdimos nuestra infancia y los que tuvimos suerte, la más grande de las suertes, no perdimos a ningún miembro de nuestra familia.”

Gestionar a los peregrinos católicos de Medjugorje había sido uno de sus primeros trabajos.
Ríos de gente venida de todos los rincones de Europa y del mundo llegaban para rezar, a la pequeña población de Bosnia Herzegovina, muy cercana a Croacia, donde en los años 80 un grupo de niños dijo haber visto a la Virgen María.
Las apariciones de la Virgen de Medjugorje se habían seguido repitiendo y el lugar era ya mundialmente conocido.

Al igual que lo eran Mostar y su puente, todo un símbolo de unión, destruido durante la guerra por ese mismo motivo.
Allí, en su ciudad natal, y donde pasó gran parte de la guerra, las cicatrices del conflicto bélico, como en muchos otros lugares de Bosnia Herzegovina, aún eran visibles, pero su precioso horizonte y el mirador de Fortica, en lo alto de las montañas de Móstar, adonde nos había llevado a ver el atardecer, nos regalaba minaretes y campanarios a partes iguales.

¿Volveríamos a encontrarnos? Solo el destino lo sabía.
Bosnia Herzegovina, puente de culturas
Los puentes en Bosnia Herzegovina tenían una misión que iba mucho más allá de permitir cruzar los caudalosos ríos de aguas heladas. Sus centenarias robustas y pesadas piedras, unían culturas, entrelazaban religiones y contaban historias que estaban indisolublemente unidas a la propia esencia de Bosnia Herzegovina.
Era sin lugar a dudas el país más complejo, a la par que rico en matices, de los Balcanes y ahí residía también parte de su encanto
.
Bosnia Herzegovina era un puente de culturas e Ivo Andric fue siempre muy consciente de ello.

¿Un tercer viaje a Bosnia Herzegovina?
Cuando un lugar te toca el corazón y te hace sentir como en casa, te atrae irremediablemente hacia él una y otra vez. Y eso me sucedía a mi con Bosnia Herzegovina.
El año que viene volveré y solo 7 viajeros podrán acompañarme ¿te gustaría ser uno de ellos?

Los puentes que unen Bosnia Herzegovina en su diversidad| Diciembre 2025 | Las sandalias de Ulises
Soy Clara, una viajera emocional e intimista.
Cada viaje es un descubrimiento de una parte de mi, conocer otros lugares y culturas ha sido también una forma de conocerme mejor y crecer como persona. ... y cuando vuelves, ves que todo está igual pero tú ya no eres la misma.
También soy comunicadora de viajes en podcast, radio, televisión, charlas, eventos, y he colaborado en diversos proyectos turísticos.
La vida es el auténtico viaje y lo importante es disfrutar de cada etapa del camino, es por ello por lo que Las sandalias de Ulises es un blog de viajes camino a Ítaca.

