Desde lo alto de la fortaleza de Kotor en Montenegro

Tiempo de lectura: 3 min

Allí, desde lo alto de la fortaleza de Kotor en Montenegro

Te escribo esta carta desde el corazón de Kotor, como ya intuirás, estoy en Montenegro.

 

Aunque no sé si leerás jamás esta misiva, siempre me planteo qué ocurre con esas cartas que nunca llegan a manos de su destinatario.

 

O esos e-mails que se pierden en las infinitas bandejas de entrada, como si la vida ya no nos dejara espacio para escribir con pausa, largo y tendido, como si ya no hubiera lugar para lo que no cabe en un mensaje de WhatsApp o en un minuto de video.

Como si tomarse el tiempo de canalizar a través de las palabras ya no tuvieran cabida. O simplemente ya tomarse tiempo.

 

Kotor, Montenegro

 

Kotor está empezando a despertar, los comercios de sus empedradas calles siguen cerrados y el sol abrasador apenas acaricia sus tejados rojizos.

Me encanta callejear cuando la ciudad aún dormita y sus calles están desiertas. Poco a poco el ir y venir de la gente y el ambiente de sus terrazas y grupos que las visitan, pondrán sonido a sus calles, pero ahora aún se puede disfrutar del silencio previo al despertar.

 

Entre sus bocacalles, unas empinadas escaleras me indican el camino a la fortaleza. No parece tarea fácil, pero pocas buenas vistas obtendremos sin hacer ningún esfuerzo.

 

 

Fortaleza de Kotor, Montenegro

 

Madrugar tiene que tener también sus recompensas

 

“Clara, sube antes de las 7am”, me dijeron Yasmine y Gulay, las encantadoras berlinesa y londinense, respectivamente, de origen turco, con las que había compartido ruta y conversaciones por las montañas montenegrinas.

 

Nosotras sabíamos la razones de aquella hora, que iban más allá del calor, pero no todo puedo dejarlo por escrito.

 

Curioso, cuanto más viajas más acabas teniendo en común con otras culturas. O quizá no sea tan curioso y es que no somos tan distintos unos de otros como creemos.

 

 

 

Aunque mi buena amistad con los turcos viene muy de lejos, de mis años en Polonia y de las largas conversaciones sobre religión y muchos otros temas, en Olsztyn alrededor de un hornillo mientras lentamente se hacía el café turco.

Que grandes tesoros alberga mi memoria, vivencias que han ido construyendo partes del puzle que soy ahora.

 

 

Vistas desde la Fortaleza de Kotor, Montenegro

 

Estoy en lo alto de la fortaleza veneciana que rodea toda la montaña, las vistas te dejarían con la boca abierta.

Como de diferentes se ven las cosas cuando cambiamos de perspectiva.

 

Mientras el suave viento acaricia mi rostro y despeina mis cabellos, siento una paz absoluta.

No consigo ver el final de las montañas y es que parece que en Montenegro nunca se acaben, cambiando de color, de verdes a grises, hasta su famoso negro, que da nombre al país por este mismo exacto motivo.

 

 

 

 

Las cosas siempre son mucho más sencillas de lo que las hacemos.

 

Te encantaría este lugar, el bullicio del verano aún no se ha apoderado del todo de Kotor, pero a vista de pájaro, desde lo alto de la fortaleza se ve todo distinto.

Y tras ella, ajeno a todo, un pueblo abandonado, testigo del paso del tiempo y las cabras de su único habitante, pastando a sus anchas.

 

Cabras pastando, fortaleza de Kotor

 

Las campanas de las iglesias han empezado a repicar al unísono rebotando en las pareces de los muros que construyeron los venecianos a su llegada a la ciudad. La acústica desde aquí es magnífica.

 

Estoy tan a gusto aquí arriba, quien fuera pájaro sin vértigo, aunque ellos no pueden adentrarse en los callejones, eso está reservado a los gatos, los otros habitantes de Kotor.

Todo no se puede tener, la vida es cuestión de prioridades y siempre hay que elegir y a los que no lo hacen, otros escogerán por él.

 

 

 

Mientras subo sus duras cuestas viene a mi mente que hubo un día en el que llegué a pensar que no podría volver a subir y menos bajar, un camino así, que mis piernas no responderían ante escalones empinados y caminos pedregosos, pero tampoco imaginé llegar a muchos otros lugares (interiores y exteriores) como he hecho, ni tampoco acabar saliendo deslizándome cual espía medieval por una de las ventanas de esta misma fortaleza.

Ventana fortaleza de Kotor

 

En ocasiones no queda más remedio que tocar fondo para reescribir el camino hasta la superficie, con muchas más herramientas para llegar, de otra forma, pero mucho más lejos.

 

De vez en cuando mi rodilla se queja, nunca volverá a ser la misma (pero con el tiempo y lo que nos ocurre, nosotros tampoco lo somos).

Pero más allá de tratarla con cariño y entender sus limitaciones reales, procuro no hacerle mucho caso, lo mismo que a los pensamientos negativos que se puedan cruzar por mi mente, a modo de pensamientos limitantes, dejarlos pasar sin darles espacio para que se queden.

Fortaleza de Kotor, Montenegro

 

El sol comienza ya a alcanzar las piedras de la fortaleza, la brisa no permite que el calor se apodere de ella, pero lo acabará haciendo en poco tiempo.

El verano en Kotor puede llegar a ser abrasador, aunque las montañas impiden que la humedad haga acto de presencia, permitiendo un alivio en cada una de sus sombras.

 

 

 

Tras años merodeando mi cabeza, por fin estaba en Montenegro.

No siempre las cosas llegan cuando nosotros queremos y esos anhelos en el horizonte nos hacen disfrutar del camino hasta ellas más si cabe. La dopamina de la inmediatez está matando el valor del esfuerzo y la ilusión por alcanzarlas. Nos está robando la satisfacción de llegar a ellas.

 

Fortaleza de Kotor, camino trasero

 

Espero que esta carta llegue a tus manos algún día y puedas percibir algo de lo que estoy viviendo ahora mismo.

Dicen que cuando viajas solo no puedes compartir las cosas que estás viviendo, yo no estoy de acuerdo.

Hay muchas formas de hacerlo y estas palabras que te escribo desde lo alto de la fortaleza de Kotor es sin duda una de ellas.

 

 

Kotor, Montenegro, verano del 2025

 

 

Desde lo alto de la fortaleza de Kotor en Montenegro | Septiembre 2025 | Las sandalias de Ulises

 

 

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Soy Clara, una viajera emocional e intimista.

Cada viaje es un descubrimiento de una parte de mi, conocer otros lugares y culturas ha sido también una forma de conocerme mejor y crecer como persona. ... y cuando vuelves, ves que todo está igual pero tú ya no eres la misma.

También soy comunicadora de viajes en podcast, radio, televisión, charlas, eventos, y he colaborado en diversos proyectos turísticos.

La vida es el auténtico viaje y lo importante es disfrutar de cada etapa del camino, es por ello por lo que Las sandalias de Ulises es un blog de viajes camino a Ítaca.

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Adriana
10 meses antes

hola clara, sigo tus cartas que me encantan!!!!!!!!!