Espejismos de Ashgabat, Turkmenistán
El cielo de Ashgabat se había cerrado por completo, un manto de color gris plomizo cubría la ciudad de mármol blanco, impidiendo que el sol se reflejara a modo de espejo en sus brillantes edificios marmóreos.
En los días soleados era imposible no deslumbrarse con aquellas fachadas blancas que la habían hecho merecedora de uno de sus muchos Guinness de los récords.
Las gotas de lluvia empezaron a golpear contra el cristal de la ventana de mi habitación tan fuerte que llegué incluso a pensar que alguien estaba llamando a la puerta.

¿Pero quién iba a llamar a mi puerta en aquel hotel de Ashgabat con decoraciones dignas de las estancias de María Antonieta en el Palacio de Versalles?!
Serían imaginaciones mías, espejismos sonoros, si es que eso existe, que como los visuales, en ocasiones nos susurran al oído las cosas que queremos oír.
Corrí las cortinas, desde el séptimo piso las vistas de la ciudad eran espectaculares.

Un ir y venir de coches, todos blancos y limpios, que circulaban por sus grandes avenidas y le daban vida a esta curiosa ciudad que algunos llamaban fantasma.
¡Qué sabrán ellos!
Hoy te hablamos de...
Escucha el artículo en Spotify
Un manto de estrellas en el desierto de Turkmenistán
La oscuridad se iba apoderando de la capital de Turkmenistán, pero las nubes me impedían ver las estrellas aquella noche.
Esas estrellas que me habían abrazado bajo su cálido manto en la gélida noche de Damla, en el corazón del desierto del Karakum.
Allí, sin contaminación, sin luces, sin pensamientos intrusivos, y con la única conexión de estar plenamente presente, las estrellas podían ser ellas mismas y brillar con total intensidad bajo la oscuridad de la noche, sin que nada ni nadie se lo impidiera.

Quizá el firmamento fuera consciente de lo efímero de aquel momento, de que lo allí vivido no volvería a repetirse y querían mostrarse en su máximo esplendor esa noche.
Ashgabat, la enigmática capital de Turkmenistán
Le había cogido un cariño especial a Ashgabat, era diferente a las demás, enigmática, intrigante y magnética, de noche incluso hipnótica. Su simetría perfecta, su tráfico ordenado y sus grandes espacios, también verdes, me transmitían mucha calma.
Monumentos de Ashgabat
Magnificentes, relucientes, dorados y cargados de simbología, cada uno de los monumentos de Ashgabat rendía tributo a un evento de su historia.
A la Independencia, a la Constitución, a la Neutralidad…

Este último, semejante a un cohete, era uno de mis favoritos, aunque en mi última visita, las recientes obras me impidieran aproximarme a él de nuevo. Como con tantos otros lugares, retendría para siempre en mi retina esa primera vez.

Aquel era un testimonio más de que cada viaje, aunque fuera al mismo lugar, nos mostraba cosas distintas, de él y también de nosotros mismos.
Nunca volveríamos a ser las mismas personas, ni a sentir lo mismo, ni en Turkmenistán, ni en el Caribe, ni en Madrid, ni en nuestra propia casa.
Nunca nada vuelve a ser igual y ahí está también la belleza de la vida, en su constante impermanencia.
Nada dura eternamente y hay que ser muy conscientes de ello para disfrutar de cada instante.

La noria cubierta más grande del mundo
Aquel complejo me tenía fascinada, aunque toda la ciudad de Ashgabat parecía de otro planeta, la noria lo parecía más aún.
Era otro en mi lista de lugares favoritos de Ashgabat.

Diseñada por un estudio de arquitectos italianos, su imagen cambiaba radicalmente de la noche al día, como lo hacía prácticamente toda la ciudad.
Y en las dos veces que había subido en ella, con espacio planificado para largas colas, siempre había estado vacía.

Ashgabat de día
Había conocido la Ashgabat blanca, brillante e impoluta, la que quiere mostrar su imagen más pulcra al exterior.
La árida y soleada en sus días más cálidos, pero también la que era capaz de acariciarme el rostro con su brisa húmeda tras la lluvia.

Me había refugiado del calor bajo la sombra de sus verdes jardines.
Esos habitados por estatuas de poetas, incluso un fonéticamente mal escrito Juan Ramón Jiménez estaba presente, rodeado de Dante Alighieri y otros poetas de renombre internacional, aunque el más grande de todos ellos y el que se divisaba a lo lejos desde cualquier lugar de la ciudad era Magtymguly Pyragy el gran poeta turkmeno.

Nacido en el siglo XVIII su poesía era sumamente actual, sencilla de leer, pero cargada de sentimientos. Como si hablara de ti y de mi, le escribía al amor con la misma pasión con la que escribía sobre la fe y el sentimiento patrio.
Ashgabat de noche
Con la caída del sol, nacía una “Las Vegas” silenciosa, el brillo blanco de sus edificios daba paso a las coloridas luces de neón y con ello, a su ambiente más local y callejero, a la reuniones entre amigos en los parques y plazas.

Había conocido esa Ashgabat de puertas para dentro, la de las pistas de baile, los karaokes, las copas de ron y las largas conversaciones hasta altas horas de la madrugada. La Ashgabat oculta a los ojos de los demás, la que mostraba su vulnerabilidad, pero como los murciélagos se escondía con la luz del sol.
Mientras en el exterior el silencio de la ciudad es absoluto, en estos lugares, el humo de tabaco y las copas se entremezclaban con las letras y música de las canciones, en su mayoría en ruso y alguna que otra rítmica canción en turkmeno.

¿Pero cómo era realmente Ashgabat?
Había tantas Ashgabat como versiones de nosotros mismos.
Aunque en ocasiones lo vivido allí parecía un espejismo, todas sus versiones eran reales, aunque los instantes se escurrieran para siempre entre mis dedos.

El Skyline de Ashgabat
Desde el restaurante de la azotea, uno de mis lugares favoritos de la ciudad, se podía contemplar todo el Skyline de Ashgabat iluminado, con sus luces de neón y los caballos de colores del hipódromo corriendo sin parar.
Me encantaba aquel lugar.
No cabía duda de que Ashgabat era especial, una de las ciudades más curiosas y particulares del mundo.

Sin conexión a Internet en Turkmenistán
El aislamiento del mundo exterior, sin conexión a internet en el móvil, sin WhatsApp y sin redes sociales, permitía vivir el aquí y el ahora sin interrupciones.
Curioso como no somos conscientes de que en muchas ocasiones la hiperconexión nos impide disfrutar plenamente de muchos instantes. Esa desconexión digital que aunque aquí era obligatoria, nos reconectaba con nosotros mismos.

Lo que pasa en Ashgabat, se queda en Ashgabat
Con su melena rubia, sus ojos claros y un cierto olor que desprendía que hacía intuir que había tomado alguna copa, se me acercó a darme conversación. Era bastante común en las mujeres turkmenas tomar la iniciativa y aproximarse ellas a las pocas extranjeras que nos adentrábamos en el país.
Me miraba con ojos curiosos. Ella no entendía que nos había llevado hasta Ashgabat.
A algunos el azar, a otros el deseo de cumplir un sueño viajero y a la mayoría, la curiosidad.
Qué hacíamos en ese karaoke, ya era otro tema.

Ashgabat me gustaba, me parecía interesante y diferente a todas las demás ciudades que había conocido. No le había exigido nada y ella se había mostrado tal y como era, sin presiones ni expectativas que cumplir.
Tenía su propia personalidad, era mucho más que la fachada que mostraba, tenía vida, aunque le costara sacarla a la luz.
Y aunque me encantaba estar allí, ya sabes que no a todos los lugares que nos gustan, podemos llamarlos hogar.
Hogar es solo aquel lugar y aquellas personas con las que podemos ser nosotros mismos siempre.

Las nubes grises habían comenzado su retirada, permitiendo a las estrellas volver a mostrar su brillo, aunque nunca sería como el cielo del desierto del Karakum.
Me despedí de Ashgabat, “¿Nos volveremos a ver de nuevo?”- Pareció querer preguntarme.
Puede que sí, ojalá, pero si no lo hacíamos, le agradecía todos los momentos vividos entre sus brazos.
Volví a levantar la vista, miré todo lo que estaba a mi alrededor y recordé que como decía Konrad Adenauer, “Todos vivimos bajo el mismo cielo, pero ninguno tiene el mismo horizonte”.

¿Quieres viajar a Turkmenistán?
Quieres adentrarte en este país fascinante, uno de los más herméticos y desconocidos del mundo.
Junto con Siente Arabia, he diseñado una Expedición única a Turkmenistán.
Un viaje en grupo exclusivo a Turkmenistán
¿Te vienes conmigo a Turkmenistán?
Escríbeme o directamente a info@sientearabia.com

Escucha el artículo: Podcast Espejismos de Ashgabat
Escúchalo en Ivoox
Escúchalo en Spotify
Escúchalo en Youtube
Espejismos de Ashgabat, Turkmenistán | Junio 2025 | Las sandalias de Ulises
Soy Clara, una viajera emocional e intimista.
Cada viaje es un descubrimiento de una parte de mi, conocer otros lugares y culturas ha sido también una forma de conocerme mejor y crecer como persona. ... y cuando vuelves, ves que todo está igual pero tú ya no eres la misma.
También soy comunicadora de viajes en podcast, radio, televisión, charlas, eventos, y he colaborado en diversos proyectos turísticos.
La vida es el auténtico viaje y lo importante es disfrutar de cada etapa del camino, es por ello por lo que Las sandalias de Ulises es un blog de viajes camino a Ítaca.

