Cartas desde la Antártida, Amundsen, Scott y la Carrera por el Polo Sur

Tiempo de lectura: 4 min

Cartas desde la Antártida, Amundsen, Scott y la Carrera por el Polo Sur

 

Parecía haber sobrevivido a mil batallas, con la puerta maltrecha por los golpes que no merecía, esperaba con ansia su momento. Recibir una carta, pero no una cualquiera, una de esas que ya pocos buzones en el mundo tienen el honor de recibir.

 

Las pocas facturas que llegaban y la propaganda, no saciaban su sed de aventura. ¿Dónde quedaban esas cartas manuscritas, esos christmas navideños y esas postales con matasellos de los confines de la tierra? Ser un buzón ya no era lo mismo que antes.

Lo que en otros tiempos era una boca rebosante de revistas y cartas, había dado paso ahora al vacío, a la soledad más absoluta. Ya no temblaba de emoción cuando escuchaba la voz del cartero, pero el maltrecho buzón no sabía que aquella mañana iba a ser diferente.

 

 

 

 

 

 

Sellos de la Antártida

 

“Las cartas tardarán en llegar unos 4 meses”, me dijo con una gran sonrisa la chica de Port Lockroy mientras me daba los sellos. Su tez rosada, su cabello castaño claro y sus ojos azul grisáceo, ayudaban a intuir su origen británico.

Mi pasión por los sellos se vio desbordada por completo cuando entré en la diminuta estafeta de correos de la pequeña isla de la Antártida.

 

Sellos de pingüinos

 

 

Ese amor inconfesable por la filatelia me había llevado a recorrerme oficinas de correos de los 6 continentes. Aquello me había supuesto toda una inmersión cultural con experiencias tan variadas como los propios sellos. Desde una discusión en una oficina de correos en Tiraspol en la que se negaron a venderme un sello de Transnistria, el país que no existe; hasta la larguísima cola que provoqué en la central de correos de Kyiv. Allí, sin necesidad de hablar el mismo idioma, la encargada de la filatelia vio el brillo en mis ojos, hasta tal punto que mientras los murmullos en ucraniano de la cola se hacían cada vez más intensos, ella seguía impasible, mostrándome cada una de las tiradas de las colecciones anuales de Correos de Ucrania de los últimos 4 años. No sé quién parecía más ilusionada de las dos con aquello.

 

Pero la Antártida era otro mundo en todos los sentidos, en la filatelia también lo era. Respiré hondo y frené mis impulsos, me hubiera llevado toda la colección de sellos y sobres del primer día con matasellos conmemorativos que había allí dentro. Series de pingüinos, de barcos, de icebergs, de la difunta reina de Inglaterra y de Shackleton, ¡cómo no!

Tenía claro que había uno que no podía dejar allí, ¡Shackleton ya había pasado demasiados inviernos en la Antártida! Si su heroica aventura me había acompañado al continente helado en forma de libro, sus sellos, con matasellos de la Antártida, debían hacerlo también. Quizá fue mi imaginación o mi poder de sugestión, pero me pareció que el sello de Ernest Shackleton hizo ademán de sonreírme. Siempre he conectado mucho con los irlandeses.

 

Sellos de Shackleton

 

 

Un flechazo absoluto, de esos tan profundos que son difíciles de explicar. Eso fue lo que sentí cuando puse el pie en la Antártida por primera vez tras cruzar el terrible mar de Hoces, amor a primera vista por el continente y también por sus habitantes, los pingüinos de la Antártida. Y ahora estos preciosos animales se disponían a viajar conmigo fuera de su hábitat, pero lo harían solo en forma de sello.

 

Pingüinos de la Antártida

 

 

 

La Oficina de Correos de la Antártida, la más austral del mundo

 

Rodeada de una colonia de pingüinos, Port Lockroy, la oficina de correos operativa más austral del planeta, despertaba cómo ningún otro lugar en el mundo el deseo irrefrenable de enviar una carta, cómo las de antes, escrita a bolígrafo de mi puño y letra. Una letra temblorosa por la emoción, donde las palabras bailan un tanto descoordinadas y las “r” y las “v” juegan a confundirse. La caligrafía nunca fue mi fuerte, ¡pero quién piensa en eso estando en la Antártida!

 

Port Lockroy, Base A británica y la oficina de correos operativa más austral del planeta.

 

 

Port Lockroy, la base británica secreta en la Antártida

 

El puerto de la pequeña isla Goudier se utilizó entre 1911 y 1931, como muchos otros puertos seguros de la Antártida, para la caza de ballenas.
La Segunda Guerra Mundial cambiaría el escenario en todo el mundo, también en la Antártida.

 

Los rumores sobre una base secreta nazi y de operaciones del Tercer Reich en el continente helado, aún hoy hace correr ríos de tinta. Pero durante la guerra, los británicos sí llevaron a cabo una expedición secreta en la Antártida, la conocida como la operación Tabarín. Operativa entre 1943 y 1946 esta operación secreta se estableció en la Estación A de Port Lockroy. Justo donde yo me encontraba.

 

BASE A , Base británica en la Antártida

 

 

Hoy esta cabaña negra con ventanas rojas, ha sido renovada y convertida en un museo que nos invita a hacer un viaje en el tiempo, cómo si las manecillas del reloj se hubieran detenido por completo entre las paredes de madera.

La fundación UK Antarctic Heritage Trust se encarga de preservar y proteger el patrimonio histórico y cultural británico en la Antártida y gracias a ello podemos ver cómo era la vida en aquella recóndita base antártica. Intacta, con sus despensas llenas de comida y latas, sus camas hechas y su ropa colgada, como si sus habitantes acaban de salir, como si nada hubiera sucedido, congelada, pero no de frío, sino en el tiempo.

 

Latas Base

 

 

Las misivas que había enviado desde Port Lockroy tardarían más en llegar a casa que el propio Amundsen en ir y volver al Polo Sur en aquella carrera que haría historia.

Las cartas saldrían en barco desde Port Lockroy hasta las Malvinas y de allí a Reino Unido, donde serían distribuidas en dirección a España. ¡Cuatro meses me parecían pocos para todo aquel periplo!

 

Barco Ushuaia

 

 

¿Quién descubrió el Polo Sur? La carrera que haría historia.

 

Pocas cosas hay más mágicas que recibir una carta desde la Antártida, aunque Scott no debió pensar lo mismo cuando el 17 de enero de 1912 vio la carta de Amundsen en el interior de aquella tienda donde ondeaba la bandera Noruega.

El mundo se le vino abajo en ese mismo instante, había perdido la carrera por llegar al Polo Sur y las pocas fuerzas que le quedaban desaparecían a medida que iba avanzando en la lectura.

“Querido Comandante Scott: Como Vd. será probablemente el primero en llegar aquí después de nosotros, ¿puedo pedirle que envíe la carta adjunta al Rey Haakon VII? Si los equipos que hemos dejado en la tienda pueden serle de alguna utilidad, no dude en tomarlos. Con mis mejores votos, le deseo un feliz regreso”.

 

 

 

Amundsen partió con sus trineos tirados por perros groenlandeses el 20 de octubre de 1911, mientras que Scott lo hacía con sus ponis manchúes y perros siberianos el 1 de noviembre. Ambos equipos llegarían al Polo Sur, pero solo uno de ellos volvería.

El 14 de diciembre de 1911, Roald Amundsen y cuatro compañeros de expedición se convirtieron en los primeros en alcanzar el Polo Sur geográfico. Los noruegos plantaron su bandera en los 90 grados latitud sur, el punto más austral del planeta.

 

 

 

Los noruegos acababan de ganar la carrera por llegar al Polo Sur. Habían tardado 2 meses en llegar, los ingleses llegarían aún un mes más tarde.

Scott cogió las cartas de Amundsen y él y sus hombres emprendieron el camino de vuelta. Hambrientos, exhaustos y enfermos, y con el peso de aquellas palabras en la mochila. Como el que lleva una losa a sus espaldas, Scott arrastraba una carga demasiado pesada.

 

Capitán Scott

 

 

El reloj no fue lo único que jugaría en su contra, también lo haría la meteorología. Estaban más cerca del dispensario de comida de lo que imaginaban, pero un temporal terrible les impediría llegar. Aquello sería fatídico.

Con la muerte ya tocando a las puertas de la tienda, Scott escribiría cartas desde su lecho de muerte, a su esposa, a las esposas y madres de sus compañeros de expedición y al rey de Inglaterra, para pedirle que cuidara de los familiares de estos.

Scott no tenía la experiencia ni la pericia polar de Amundsen y sobreestimó sus capacidades en el clima más extremo del planeta, pero fue un caballero hasta su último aliento.

 

Scott y sus hombres nunca saldrían con vida de la Antártida. El 12 de noviembre de 1912, encontraron los cuerpos congelados de Scott, Bowers y Wilson. Junto a ellos, todo el equipo que llevaban, los diarios de la expedición, las cartas que Scott había escrito y también las de Amundsen.

El de Scott fue el viaje más triste de la historia, tan trágico como legendario. Y ahí están las cartas, escritas de su puño y letra para atestiguarlo.

 

 

 

Sonó el timbre, el buzón comenzó temblar, no recordaba la última vez que el cartero lo había acariciado con sus dedos. El mensajero dejó caer la carta por su boca provocando un sonido metálico al chocar con su fondo vacío.

“¡Una carta de la Antártida!”, el frío y maltrecho buzón sintió que volvía a la vida. Abrazó con todas sus fuerzas a aquel sobre. Esa carta compensaba con creces todos los momentos de soledad vividos.

 

Si hubiera podido llorar de emoción, estoy segura de que lo hubiera hecho. Porque sonreír, era evidente que ya lo hacía.

Si los buzones pudieran hablar, ¡cuántas historias nos contarían!

Carta de la Antártida

 

Cartas desde la Antártida, Amundsen, Scott y la Carrera por el Polo Sur | Enero 2024 | Las sandalias de Ulises

 

 

Web | + artículos

Soy Clara, una viajera emocional e intimista.

Cada viaje es un descubrimiento de una parte de mi, conocer otros lugares y culturas ha sido también una forma de conocerme mejor y crecer como persona. ... y cuando vuelves, ves que todo está igual pero tú ya no eres la misma.

También soy comunicadora de viajes en podcast, radio, televisión, charlas, eventos, y he colaborado en diversos proyectos turísticos.

La vida es el auténtico viaje y lo importante es disfrutar de cada etapa del camino, es por ello por lo que Las sandalias de Ulises es un blog de viajes camino a Ítaca.

Notificar a
guest

0 Comentarios
Comentarios de Inline
Ver todos los comentarios