Khareef, el monzón que pinta Omán de mil tonos de verde

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Khareef, el monzón que pinta Omán de mil tonos de verde

 

 

Cuentan las leyendas que hay un rincón de la península arábiga cuyos paisajes se convierten en lienzos de Monet, plasmando con sus delicados pinceles tonalidades de verdes y azules inimaginables.

 

 

Mientras las nubes hacen su magia entre pinceles y acrílicos, duerme silencioso e inaccesible uno de los desiertos más grandes y misteriosos del mundo. Sus doradas arenas esconden historias que solo los beduinos conocen, entre ellas las de ciudades milenarias de leyenda, que el tiempo y la arena fueron enterrando en el olvido.

 

Mares infinitos de dunas que solo las caravanas de camellos cargadas del valiosísimo incienso omaní se atrevían a cruzar, las mismas que atravesaron tres sabios astrónomos siguiendo una estrella, una ruta que cambiaría el mundo por completo.

 

 

 

Al tiempo que sus arenas juegan con el viento susurrándoles las increíbles historias de las caravanas que por allí pasaron siguiendo la ruta del incienso, las nubes cubren por completo el cielo de las montañas con su manto plateado dando paso a un espectáculo de color pocas veces visto en la región.

 

 

 

El clima bendijo a la región omaní de Dhofar con el Khareef, el monzón que durante poco más de dos meses transforma sus paisajes pintándolos de mil y un tonos de verdes y azules, de aguamarinas hasta turquesas, que ni en los mismísimos sueños de Claude Monet.

 

 

 

Durante la época húmeda y solo durante este breve periodo de tiempo, en sus paisajes afloran frondosos bosques, caudalosas cascadas y wadis rebosantes de las más cristalinas aguas.

 

Las gotas de lluvia dejan un rastro de color tras de si llenando wadis y pozas que invitan a sumergirse en sus aguas cristalinas y a respirar el aire fresco y puro de sus verdes montañas.

 

 

 

Khareef nos regala un paisaje que parece sacado de un cuento de hadas, con una única pero notable diferencia y es que en Dhofar la realidad acaba superando a la más bella de las ficciones.

 

Mi imaginación también había pintado Salalah de mil y un colores distintos. Como una ensoñación, no podía borrarla de mi cabeza, aquella región del sur de Omán se había convertido en una obsesión, una quimera, un sueño por cumplir… y su colorido acabaría siendo aún más mágico del que aparecía en mis sueños.

 

 

 

 Omán siempre superaba con creces cualquier expectativa.

 

 

Playas de Salalah

 

Un escalofrío de emoción recorrió todo mi cuerpo al bajar del avión, estaba en una nube, Salalah me recibía por fin y lo hacía con un cielo tan azul como el de su inabarcables playas, de aguas transparentes, cristalinas y tan paradisiacas como sus propias arenas blancas que mis pies descalzos se disponían a acariciar.

 

 

 

El horizonte donde el mar y el cielo se fundían me transmitía una calma y una paz inmensa, seguía flotando pero ahora lo hacía sobre su fina arena blanca, mientras el ir y venir del agua acariciaba mis pies.

 

No había nada como contemplar el mar y escuchar el sonido de las olas para apaciguar todas las mareas internas. “Somos gente abierta al mar y gracias a ello, a lo largo de la historia, a la gente y al mundo“, me dijo Maryam, mi amiga kuwaití y no podía sentirme más identificada.

 

 

 

 

Mares tan lejanos y a la vez tan próximos, culturas tan distintas y a la vez tan semejantes, aguas que nos han conectado a lo largo de los siglos y abierto nuestras mentes a otras culturas y formas de ver la vida.

Estábamos intrínsecamente vinculados al mar y a todos los que a través de él se habían acercado a nuestras costas.

 

 

 

 

Pero aquello era solo un aperitivo de lo que me esperaba en Dhofar, aquel bocado estaba siendo tan delicioso como las carnosas frutas que colgaban de sus árboles.

 

Su particular clima tropical hacía de esta región el mayor productor de frutas de Omán, kilómetros de coloridas plantaciones y el sabroso sabor de sus frutos así lo atestiguaban.

 

 

 

La tentación era demasiado grande, si aquello no era el auténtico Edén se le parecía mucho, aunque no había ni rastro de manzanas, los plátanos eran suficientemente seductores como para acabar cayendo.
No fue necesario que apareciera ninguna serpiente en escena para acabar dándole un mordisco a tan sabroso fruto, pero esta vez no había ningún pecado en ello. Pequeños y sumamente dulces, los plátanos de Dhofar eran deliciosos como pocos.

 

 

 

 

Dejé aquellos coloridos campos de frutas y me despedí del mar, ese que había inspirado las más legendarias leyendas de marinos, atraído a los más intrépidos navegantes y que en aquellos días los grandes bancos de sardinas pintaban de tonalidades de plata, para adentrarme en sus sinuosas montañas, aún verdes tras el paso del Khareef, pero sin rastro ahora de las nubes zinc que las cubrían durante los meses más intensos del monzón.

 

 

 

 

Espectaculares aves guiaban mi camino entre pozas y lagunas aún repletas de agua.

Seguí el sonido de un murmullo que cada vez se hacía más y más intenso.

Notaba su presencia pero aún no se dejaba ver.

 

 

 

Cascadas de Salalah

 

Me aproximé un poco más, las hojas de los árboles me impedían ver con claridad lo que mis otros sentidos ya percibían. El sonido del agua ya era inconfundible, la humedad se abrazaba con fuerza a mi piel y el olor a agua fresca lo impregnaba todo.

 

Al verla, de mis labios se escapó un suspiro, era difícil superar la belleza y colorido de aquella cascada frente a la que me encontraba, sus azules y sus verdes abarcaban toda la paleta de colores.
En Dhofar todo era posible, incluso superar su propia inigualable belleza.

 

 

 

No podía apartar la mirada, el agua cayendo sin cesar me tenía totalmente hipnotizada, aquella maravilla de la naturaleza única en la región del Golfo era uno de los tantos regalos que me hacía Omán, siempre tan espléndido y generoso conmigo.

 

Y pensar que el pobre Monet jamás estuvo en Dhofar en Khareef y murió sin conocer el auténtico paraíso del color.

 

 

 

 

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Khareef, el monzón que pinta Omán de mil tonos de verde | Abril 2025 | Las sandalias de Ulises

 

 

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Soy Clara, una viajera emocional e intimista.

Cada viaje es un descubrimiento de una parte de mi, conocer otros lugares y culturas ha sido también una forma de conocerme mejor y crecer como persona. ... y cuando vuelves, ves que todo está igual pero tú ya no eres la misma.

También soy comunicadora de viajes en podcast, radio, televisión, charlas, eventos, y he colaborado en diversos proyectos turísticos.

La vida es el auténtico viaje y lo importante es disfrutar de cada etapa del camino, es por ello por lo que Las sandalias de Ulises es un blog de viajes camino a Ítaca.

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