Historias de Arabia Saudí, conversaciones entre café árabe y dátiles

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Historias de Arabia Saudí, conversaciones entre café árabe y dátiles

 

 

“Conocer a gente de todo el mundo me ha cambiado como persona, me ha abierto tanto la mente que ha transformado incluso mi personalidad” me dijo Ahmed mientras la chica de la encantadora cafetería de Tabuk depositaba en la mesa una bandeja con dátiles y café árabe.

 

En aquel momento era como estar hablando conmigo misma.

 

 

 

 

 

 

 

Café árabe y dátiles en Tabuk

 

“Tengo que contarte muchas cosas sobre el café árabe”, me dijo mirándome con sus ojos marrón oscuro que desprendían una intensa energía y una profunda calma a la vez. Su voz era dulce y pausada y transmitía una serena madurez que le otorgaba mayor edad de la que realmente tenía.

 

Le di un pequeño sorbo al café y se me dibujó una sonrisa en el rostro, aquel sabor hizo que mi mente viajara en el tiempo por un momento.

Mi primer contacto con el café árabe había sido años atrás en mi viaje a Omán, concretamente en la Gran Mezquita del Sultán Qaboos, apenas unos pocos días después de la muerte del sultán. Aquel día, entre café y dátiles tuve una conversación teológica de esas que no se olvidan, de las que marcan, de las que sacan a la superficie que son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan y que más allá de la agricultura, de las acequias y del regadío, es muy probable que corra también sangre árabe por nuestras venas.

Omán me estaba haciendo mejor persona o parafraseando a Ahmed, estaba transformando mi personalidad, sin duda, a una mejor versión de mi misma.

 

 

Café arabe en Omán

 

Y ahora años después en Arabia Saudí, volvía a tener una sensación similar. Teníamos muchas cosas en común con los árabes y el placer por conversar alrededor de una taza de café también era una de ellas.

 

 

Entre telas y espadas en Riad

 

Los eternos atascos de Riad me habían permitido incluso pegar una cabezada en el Uber, la sensación de seguridad en Arabia Saudí era tal, que no sería mi última siesta urbana. Por fin había conseguido llegar a mi hotel, encontrarlo se había convertido en todo un reto para el conductor, que suplió todas las dificultades con una enorme voluntad.

Al cabo de un rato se encendió la pantalla del móvil, era Íñigo, que se ofrecía a recogerme y mostrarme esa Riad local que tan bien conocía.

Las redes sociales nos bombardean, nos atrapan y nos roban tiempo, pero también nos permiten conocer a personas extraordinarias y a grandes viajeros generosos, e Íñigo era uno de ellos.

 

Tras superar un pequeño atasco, llegamos a la fortaleza, que es lo que queda del barrio más antiguo de Riad.

 

Puerta interior fortaleza-museo de Riad

 

 

Para ser sinceros, poco o nada me esperaba de Riad, una ciudad a la que había llegado más por cuestiones prácticas que por un real interés turístico. Pero no pudo ser más acertada la decisión de regalarle tiempo a la capital de Arabia Saudí, además de poder visitar Diriyah en total soledad, la primera capital de Arabia, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Riad estaba a punto de regalarme una de esas experiencias que compensan todos los atascos.

 

Diriyah, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en Arabia Saudí

 

 

Íñigo podía pasar perfectamente por saudí, de tez algo más clara, conocía sus costumbres y disfrutaba como ningún otro extranjero de su cultura. Con cada palabra transmitía una profunda satisfacción por su elección personal de vivir en Arabia Saudí.

 

Nos estábamos aproximando al bazar de los hombres, cuando mis ojos vieron una de las pocas cosas que nubla por completo mi capacidad de raciocinio y hace desaparecer de mi mente todo razonamiento práctico, y eso era, como no podía ser de otra forma, la ropa tradicional.

 

En mi armario hay prendas tradicionales de todas partes del mundo, un viaje a través del guardarropa, desde un kimono japonés hasta un traje de ceremonia de la Albania interior, pasando por un abrigo comprado en mi viaje a Uzbekistán, un vestido jordano, una túnica tunecina, un vestido senegalés y un dirnld austriaco de Salzburgo, entre muchas otras piezas de muchos rincones del mundo.

 

Pañuelos de Omán

 

 

Dicen que la forma de vestir es un lenguaje en sí mismo, una forma de comunicación que dice mucho de nosotros y de nuestra forma de ser. No sé qué dirá mi armario de mí, pero sin duda es una extensión de mi pasión por conocer en profundidad otras culturas.

“¿En qué ocasión te las vas a poner?”, me pregunto siempre a modo de diálogo interno. En esta vida no hay que esperar a que las oportunidades aparezcan ante nosotros, hay que crearlas.

 

El joven dependiente vestía como la mayoría de saudíes, con una kandora blanca impoluta, también conocida en Arabia Saudí como thobe, y su cabeza estaba cubierta con una kufiyya, (“shemagh” en Arabia Saudí) el pañuelo árabe blanco y rojo, que caía por sus hombros. Nos vio acercarnos con interés.

 

Pañuelos árabes

 

“¿Es para ti?” Le preguntó a Íñigo,

“No, es para mí”, contesté yo.

“Espera, que tengo la talla perfecta para ti”, dijo el dependiente con una gran sonrisa y se aproximó a los estantes a buscarla.

He de confesar que no esperaba esa respuesta en una tienda exclusiva para hombres en la capital de Arabia Saudí. Lo de comprar ropa de hombre para mí no me lo habían permitido en algunos otros países.

Este viaje iba a desmontarme muchas ideas preconcebidas sobre Arabia Saudí. La información que me había llegado sobre el país no podía ser más diferente a la realidad, salvo la de Paula (How I met travel), que conocía el país mejor que nadie.

No creas todo lo que diga la gente sobre un lugar y más si no han puesto un pie en él jamás.

 

Jeddah

 

Efectivamente el chico tenía razón, me venía perfecta.

Los saudíes por regla general son delgados, no muy anchos de espalda y la ropa tradicional les ajusta elegantemente a los hombros cayendo sin una sola arruga hasta los pies.

 

A los pocos minutos, acudieron tres vendedores más, en busca ahora del bisht perfecto para mí.

No hizo falta que me convencieran de nada, tenía más que claro que de allí no me iba con las manos vacías o más bien, que me iría con ambas manos llenas.

 

 

El bisht, la prenda tradicional saudí.

 

Generalmente de color negro, marrón, gris o beige, esta capa masculina es el atuendo más tradicional de Arabia Saudita. 

 

Vestida con el bischt en Hegra, AlUla

 

Esta prenda se hizo internacionalmente famosa cuando tras el mundial de fútbol el emir de Qatar se la puso a Messi antes de levantar la copa del mundo.

 

Es una prenda de estatus en muchos países árabes, asociada con la realeza, la posición religiosa y la riqueza, pero también para las ocasiones ceremoniales. La mayoría de saudíes la llevan puesta en el día de su boda y Cristiano Ronaldo se lo puso para el día nacional saudí.

 

El bisht está hecho de pelo de camello y lana de cabra que se hila y se teje hasta obtener un tejido suave y transpirable. Algunos bisht incluyen un adorno, conocido como “zari”, que está hecho de seda y metales preciosos como el oro y la plata. Los más lujosos, como los que lleva la familia real saudí,  se hacen a mano y requieren de 80 a 120 horas y cuatro sastres. Pero los hay también hechos a máquina, como el que finalmente me compré yo. Mi sensación de felicidad no podía ser mayor.

 

Detalles ropa tradicional Arabia Saudita

 

 

Una vez elegidas las piezas y sin ninguna prisa por cobrar, nos invitaron a sentarnos, sacaron dátiles y café árabe y nos lo sirvieron en pequeños vasos como manda la tradición.

 

Colgado de la pared había una fotografía del actual rey saudí Salmán bin Abdulaziz, pero no se trataba de un posado institucional, el rey estaba en esa misma tienda en la que nos encontrábamos.

 

“El rey compraba aquí su ropa cuando era gobernador de Riad”, nos dijo, intuyendo hacia donde se habían dirigido nuestras miradas. “Y Cristiano Ronaldo estuvo también por aquí hace unas semanas”, comentó mientras sacaba una espada de oro y plata como la que había lucido el futbolista luso semanas atrás para la fiesta nacional.

 

Tienda tradicional en Riad, Arabia Saudí

 

Las sillas alrededor del café se fueron llenando, se notaba en ellos las ganas de conversar.

“Mi padre es ese de la foto, nosotros somos la tercera generación”, nos señaló orgulloso las fotografías colgadas de la pared. En la de la izquierda aparecía su padre de joven y en la de la derecha, como era en la actualidad. No podían negar que ellos dos eran sus hijos.

 

Un hombre mayor con un bastón entró en la tienda, rápidamente los allí presentes le ofrecieron la mejor silla y procedieron a ponerle café. A lo lejos otro hombre se probaba un bisht un tanto más oscuro que el que yo me había llevado. La oferta en colores y calidad era tan extensa como discreta su distribución en los estantes. Allí había piezas de decenas de miles de euros separadas de la calle por apenas una persiana.

Entre telas y dátiles, el café dio paso ahora al té y la noche siguió avanzando.

 

 

Cena saudí en AlUla

 

Un manto de estrellas había cubierto por completo el cielo de AlUla, allí donde se encontraba el otro tesoro de los nabateos, descubierto bajo la arena en pleno siglo XXI, las constelaciones se podían ver con total claridad.

 

La roca del elefante, AlUla

 

 

Las luces de un coche iluminaron el camino de tierra del campamento, uno de los alojamientos con más encanto de AlUla. Era el coche de Turkey.

Nacido en Medina, había hecho de AlUla su nuevo hogar. “Dejar Damman para venir aquí ha sido una de las mejores decisiones de mi vida”. Turkey superaba apenas los 20 años, pero tenía el ímpetu y la iniciativa del que sabe que el rumbo de su vida depende de sus propias decisiones.

“¿Nos vamos a cenar?”, me propuso Turkey con la educación y cercanía que tanto le caracterizaban.

En el centro de AlUla habían empezado a proliferar los restaurantes lujosos, las antiguas casas de adobe se estaban convirtiendo ahora en tiendas de artesanía y en restaurantes no aptos para todos los bolsillos.

 

AlUla old town

 

“Te voy a llevar a cenar la auténtica comida saudí, ¿qué te parece?”, me dijo una vez ambos dentro del coche.

“Perfecto”, contesté, no era necesario decir nada más. Hacía tiempo que había aprendido a planificar mucho menos en los viajes y a recibir lo que los lugares tenían para ofrecerme, que siempre es mucho más de lo que podría llegar a imaginar.

 

Oasis AlUla

 

 

Y Turkey había aparecido en forma de regalo inesperado en mi viaje sola por Arabia Saudí. De mente abierta e infinita curiosidad, a Turkey le encantaba hablar con la calma del que sabe apreciar el valor de una conversación.

“Me gustaría viajar de mochilero”, me dijo mientras colocaba el mantel de plástico en la alfombra para cenar en el suelo al modo saudí.

Sus ojos marrón oscuro transmitían profundidad. Había viajado por los países vecinos y por Europa y lo seguía haciendo cada día a través de los que como yo llegábamos al campamento de AlUla.

“Es lo que más me gusta de mi trabajo, conocer otras culturas y realidades.”

Qué cierto es, que se viaja siempre en ambas direcciones, la huella que dejamos puede llegar a ser tan transformadora como la que dejan en nosotros.

 

Campamento AlUla, Arabia Saudi

 

Con las piernas cruzadas en la alfombra y la fuente de arroz con pollo frente a mi, Turkey se dispuso a explicarme cómo comérselo a la forma saudí. Mi mano derecha debía ejercer las funciones de cuchillo y cuchara al mismo tiempo, con delicadeza y sin engullir. No parecía una tarea fácil. El mantel de plástico iba recibiendo los granos de arroz que se me escapaban mientras a cada pausa fluía la conversación.

Tras ganar la batalla contra el pollo, me sentía satisfecha de no haber sucumbido a la tentación de pedir una cuchara.

 

Cena saudí

 

 

Ver las maravillosas tumbas nabateas de Hegra era uno de mis sueños viajeros en Arabia Saudí, pero AlUla me había regalado muchas cosas más.

 

 

¿No hay nada que ver en Tabuk?

 

Me hacía especial ilusión ir a Wadi Disa, no se muy bien porqué, una corazonada, una intuición de que aquello valía las horas en coche desde AlUla hasta Tabuk.

Cuando comencé a vislumbrar el paisaje a lo lejos, me embargó la emoción. Aquello era una auténtica maravilla y su horizonte parecía no tener fin.

 

Wadi Disa, Tabuk, Arabia Saudí

 

 

Después de un largo día recorriendo los espectaculares parajes de Wadi Disa, los dulces dátiles de Tabuk me habían devuelto a la vida, normal que sea una de las primeras ingestas para romper el ayuno en Ramadán. “Clara, tienes que probar los dátiles de Medina, son los mejores”, me dijo Ahmed con su cálida voz mientras movía la taza indicando no querer más café.

 

Dátiles de AlUla

 

 

“Es de España”, le dijo Ahmed en árabe a la chica de la cafetería, que sonrió con la mirada, ya que el resto de su cara permanecía totalmente cubierta.

El calor en Tabuk era abrasador y aquella cafetería parecía el mejor lugar para esperar a que bajara el yunque del sol.

 

Café y dátiles en Tabuk

 

 

Ahmed era el mayor de once hermanos y se notaba en él la paciencia y mano izquierda del que está acostumbrado a convivir y a compartir algo más que su espacio.

Pensaba rápido, pero su habla era pausada. “Tienes que haber viajado mucho, y por países muy peligrosos”, me dijo Ahmed. Curioso cómo cambia la percepción sobre el peligro que tenemos de unos lugares a otros.
“¿Y vas a viajar sola a Arabia Saudí con lo peligroso que es?”, me dijeron antes de ir.

Ahora sí, después de viajar por casi 70 países, podía confirmar que Arabia Saudí era uno de los países más seguros en los que había estado nunca.

 

Camellos, Wadi Disa

 

Entre la fortaleza otomana, las antiguas vías de tren que conectaban Damasco con Medina y La Meca y la mezquita que construyó el propio Mahoma, la conversación fluía tanto que las horas en Tabuk me parecieron escasos minutos.

Me arrepentí en aquellos momentos de no haberle dedicado más tiempo a Tabuk y a sus alrededores, que guardaban tesoros naturales aún muy desconocidos.

 

Antigua estación de tren de Tabuk. Línea ferroviaria de Damasco a las ciudades santas de La Meca y Medina

 

 

“Este era yo hace un par de semanas”, me mostró una foto de su móvil mientras se acariciaba el cabello ahora rapado apenas al dos, como echando de menos su en otros tiempos voluminosa y negra cabellera.

Con su pelo corto y su piel ahora tostada por el sol, parecía una persona totalmente distinta, pero la esencia era la misma. Había quedado claro que lo que verdaderamente nos transforma como personas es algo mucho más profundo.

 

Té en Wadi Disa

 

 

“No me da ninguna envidia tu viaje, la verdad. Esos destinos raros a los que te gusta viajar sola“, me dijeron pocos días antes de mi viaje.

Los regalos de la vida vienen cuando estás preparado para recibirlos y Arabia Saudí había llegado a mí en el momento perfecto.

De nuevo volvía a casa siendo una mejor versión de mí misma y los saudíes tenían gran parte de culpa.

 

 

Paisajes AlUla, Arabia Saudita

 

 

 

Historias de Arabia Saudí, conversaciones entre café árabe y dátiles | Noviembre 2023 | Las sandalias de Ulises

 

 

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Soy Clara, una viajera emocional e intimista.

Cada viaje es un descubrimiento de una parte de mi, conocer otros lugares y culturas ha sido también una forma de conocerme mejor y crecer como persona. ... y cuando vuelves, ves que todo está igual pero tú ya no eres la misma.

También soy comunicadora de viajes en podcast, radio, televisión, charlas, eventos, y he colaborado en diversos proyectos turísticos.

La vida es el auténtico viaje y lo importante es disfrutar de cada etapa del camino, es por ello por lo que Las sandalias de Ulises es un blog de viajes camino a Ítaca.

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Toña
Toña
5 meses antes

El próximo año me iré a vivir a Arabia Saudita x unos cuantos años. Esta reseña de tu viaje me llena de ilusión, porque lo normal es que se piense en arenas, camellos y nada más ……….